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> Ideas más o menos inexactas sobre la lectura y la escritura

Todos nosotros sabemos (o creemos saber) qué es leer. Todos nosotros sabemos (o creemos saber) cómo tiene lugar la lectura. Todos nosotros leemos todos los días, y leemos cosas sobre la lectura y, a veces, hablamos de las lecturas de los otros, de cómo leen, o de cómo deberían leer. Pero a lo mejor eso que sabemos (o que creemos saber), lo sabemos (o creemos que lo sabemos) precisamente porque nunca nos hemos parado a pensarlo.

Jorge Larrosa 

Un aspecto indispensable del trabajo de mediación de lectura es la reflexión constante sobre las bases y principios de la práctica. A continuación proponemos un breve ejercicio de reflexión a partir de algunos tópicos sobre la lectura y la escritura. Sugerimos leer cada pregunta y dar una respuesta desde el punto de vista personal antes de abordar el contenido y las referencias.

¿La lectura y la escritura se enseñan y se aprenden?

Una cosa es saber leer y escribir y otra cosa muy distinta es leer y escribir de forma autónoma y por gusto. El objetivo de fomentar la lectura y la escritura, a diferencia de la alfabetización, es ayudar a otros a descubrir el placer de leer y escribir por sí mismos.

No es posible enseñar, aprender u obligar a otro a sentir placer por algo. El placer tampoco se mide o evalúa. El placer es algo que se siente, que se experimenta. Promover la lectura y la escritura es multiplicar las oportunidades para que las personas descubran, por sí mismas, el placer de leer y escribir.

He oído a ciertas personas decir delante de criaturas de tierna edad que leer es cosa muy educativa: sin deseos de caer en extremismos, creo que deberían ser quemadas a fuego lento. No sé si leer es cosa muy educativa; lo único que sé es que la educación resulta de entrada el motivo menos seductor para dedicarse a la lectura.

Fernando Savater, Loor al leer

¿La lectura y la escritura son actividades?

Actualmente, las preguntas sobre la lectura y la escritura (qué son, para qué sirven, cómo se motivan, etc.) han dejado de ser cuestiones esencialmente pedagógicas. A la par de la escuela, que las define como actividades enfocadas a la adquisición de conocimientos y al desarrollo de habilidades, investigaciones recientes han puesto de manifiesto su papel social y eminentemente personal.

Más que actividades, la lectura y la escritura constituyen una experiencia formativa que involucra conocimientos, pero también una serie de saberes, absolutamente personales, únicos e irremplazables, que tienen que ver con el desarrollo y fortalecimiento de la personalidad, la conquista de una posición de sujeto y, en definitiva, con lo que sentimos, queremos y somos.

Quizá confundimos la experiencia de lectura y escritura con las actividades o estrategias que estamos acostumbrados a realizar en las escuelas. Las actividades se diseñan: sabemos cuándo empiezan, cómo se desarrollan, cuándo acaban, cuáles son sus objetivos. La lectura y la escritura son algo que ocurre, y por lo tanto no es posible predecir o controlar sus efectos.

La actividad de la lectura es a veces experiencia y a veces no. Porque aunque la actividad de la lectura sea algo que hacemos regular y rutinariamente, la experiencia de la lectura es un acontecimiento que tiene lugar en raras ocasiones. Y sabemos que el acontecimiento escapa al orden de las causas y los efectos. La experiencia de la lectura, si es un acontecimiento, no puede ser causada, no puede ser anticipada como un efecto a partir de sus causas, lo único que puede hacerse es cuidar que se den determinadas condiciones de posibilidad: sólo cuando confluye el texto adecuado, el momento adecuado, la sensibilidad adecuada, la lectura es experiencia. Aunque nada garantiza que lo sea (…). Por otra parte, una misma actividad de lectura puede ser experiencia para algunos lectores y no para otros. Y, si es experiencia, no será la misma experiencia para todos aquellos que la hagan. La experiencia de lectura es también el acontecimiento de la pluralidad (…). Para que la lectura sea experiencia hay que afirmar su multiplicidad, pero una multiplicidad dispersa y nómada, que siempre se desplaza y se escapa ante cualquier intento de reducirla.

(…) la experiencia de lectura tiene siempre una dimensión de incertidumbre que no se puede reducir. Y, además, puesto que no puede anticiparse el resultado, la experiencia de lectura es intransitiva: no es el camino hacia un objetivo pre-visto, ante una meta que se conoce de antemano, sino que es una apertura hacia lo desconocido, hacia lo que no es posible anticipar y pre-ver. (…) La pedagogía (quizá toda pedagogía) ha intentado siempre controlar la experiencia de la lectura, someterla a una causalidad técnica, reducir el espacio en el que podría producirse como acontecimiento, capturarla en un concepto que imposibilite lo que podría tener de pluralidad, prevenir lo que tiene de incierto, conducirla hacia un fin preestablecido. Es decir, convertirla en experimento, en una parte definida y secuencia de un método o de un camino seguro y asegurado hacia un modelo prescriptivo de formación.

Jorge Larrosa, La experiencia de la lectura

 

El poder indeterminado de los libros es incalculable. Es indeterminado precisamente porque el mismo libro, la misma página, puede tener efectos totalmente dispares sobre los lectores. Puede exaltar o envilecer; seducir o asquear; apelar a la virtud o a la barbarie; magnificar la sensibilidad o banalizarla. De una manera que no puede ser más desconcertante, puede hacer las dos cosas, casi en el mismo momento, en un impulso de respuesta tan complejo, tan rápido en su alternancia y tan híbrido que ninguna hermenéutica, ninguna psicología pueden predecir o calcular su fuerza. En diferentes momentos de la vida del lector, un libro suscitará reflejos completamente diferentes. 

Goeorge Steiner, Los logócratas  

 

(…) los lectores se apropian de los textos, los hacen significar otras cosas, cambian el sentido, interpretan a su manera deslizando su deseo entre líneas: se pone en juego toda la alquimia de la recepción. Nunca es posible controlar realmente la forma en que un texto se leerá, entenderá, interpretará. Permítanme darles un ejemplo que tomo de un psicoterapeuta que lee y hace leer mitos antiguos a los niños. Así pues, hay un pasaje en el que Hércules ha dejado su piel de león y lleva collares de piedras preciosas, brazaletes de oro, un chal púrpura, y se dedica a hilar madejas de lana. Comentario de los niños: “¡Nunca hubiera pensado que Hércules fuera un maricón!” Otro ejemplo: la lectura que hace Omar, un estudiante preparatoriano, de Madame Bovary, de Flaubert, uno de los textos canónicos del programa francés. Cito a Omar: “Emma le ponía los cuernos a su marido, y entonces hubo hasta un juicio. Flaubert, en su alegato de defensa, dijo que como había hecho morir a Emma, entonces era moral. Y ahora cuando se lee eso se ve que Emma le puso los cuernos a su marido, y eso es todo.” Evidentemente, no estoy segura de que este resumen lapidario esté de acuerdo con lo que el profesor de Omar y las autoridades académicas desean que los niños retengan de este gran texto de nuestra literatura nacional.

Michèle Petit, Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura

 

¿La lectura y la escritura nos ayudan a mejorar nuestro lenguaje y vocabulario?

La idea de que la lectura y la escritura facilitan aprendizajes no es del todo incorrecta. En efecto, leer y escribir implican aprendizajes muy diversos. Pero lo que alguien aprende cuando lee y escribe no necesariamente es lo que nosotros pensamos o querríamos que fuera: 

Bety Soto, que ha promovido la lectura en comunidades marginadas de Querétaro, me contó que cuando comenzó a trabajar con las mamás y los niños sus expectativas estaban enfocadas en observar cambios en los periodos de atención de los niños e incremento de vocabulario. Pero que después de años de talleres lo que encontró fueron cambios en la forma de relacionarse entre las madres y sus hijos.

Las mamás le relataron que el taller las ayudaba a ser más pacientes con sus pequeños. Que les gustaba llevarse libros a sus casas, porque convivían con sus hijos en un espacio que no era de trabajo ni de tareas de la escuela. Algunas le confesaron que ya no les gritaban ni les pegaban tanto; y muchas que les habría gustado que sus mamás también les hubieran leído.

Este tipo de comentarios la hicieron concluir que el taller, y sobre todo los libros, eran el pretexto para compartir. De pronto, Bety también descubrió que no le importaba que el texto fuera sólo un pretexto.

Daniel Goldin, Al otro lado de la página

¿La cultura humaniza?

Existe la creencia de que la constante exposición a expresiones culturales hace más humanas a las personas. Sin embargo, alguien que lee y escribe con regularidad, que asiste al teatro y visita museos, que gusta de la música, que conoce sobre el arte y participa de la cultura no necesariamente es una “buena persona”.

En Lenguaje y Silencio George Steiner nos recuerda que los nazis fueron educados para leer a Shakespeare y que nunca dejaron de hacerlo. Además, afirma que existen lectores que lloran cuando leen una historia triste pero que son incapaces de conmoverse ante la desgracia de sus vecinos. 

Miles, centenares de miles de personas mueren cada día, en las pantallas de televisión de un mundo aseptizado, en una completa monotonía. La destrucción de lejanas estatuas por fanáticos afganos, la mutilación de una obra maestra en un museo, nos hieren en el alma. El erudito, el verdadero lector, el hacedor de libros está saturado por la intensidad terrible de la ficción. Su formación le predispone a no identificarse de la manera más intensa sino con las realidades textuales, con la ficción. Esta formación, esta manera de centrarse en las antenas y órganos de la empatía –cuyo alcance nunca es ilimitado-, pueden suponerle una desventaja en su relación con lo que Freud denominaba “el principio de la realidad”.

Es tal vez en este sentido, paradójico, en el que el culto y la dedicación a las humanidades, la frecuentación del libro a grandes dosis y el estudio son factores de deshumanización. Debido a ellas, no es quizá más difícil responder activamente a las intensas realidades de las circunstancias políticas y sociales, comprometernos plenamente.

George Steiner, El silencio de los libros

¿El lector se convierte en lo que lee?

Hay una fuerte tendencia a promover la lectura de textos que abordan contenidos específicos por ser considerados “valiosos” o “importantes”. Se trata de una práctica que proviene del desconocimiento de la naturaleza de la lectura o, en algunos casos, como señala entre otros Michèle Petit, de una tentativa de control basada precisamente en ese conocimiento.

Aunque algunos aún conservan la esperanza de poder influir en los lectores a través de la lectura de ciertos textos, la realidad es que ningún lector se convierte en lo que lee. Piaget escribió: “Nadie se convierte en lechuga por comer muchas lechugas.”

No porque leamos textos con un “alto contenido de valores” seremos personas de mayor valía moral. La superación personal tampoco se alcanza con la lectura de este tipo de textos: es un proceso interior que implica la toma de decisiones.

Hitler consideraba a Don Quijote de la Mancha uno de los grandes libros de todos los tiempos. Igual suerte le tocó al Robinson Crusoe, a La cabaña del tío Tom y a Los viajes de Gulliver. Veía en Robinson Crusoe “la evolución de la historia de la humanidad” y a su juicio Don Quijote reflejaba con ingenio el final de una época. Poseía las Obras completas de Shakespeare en una edición alemana publicada en 1925.

(…)En 1935 la biblioteca de Hitler había adquirido tal magnitud que ese año, Janet Flanner escribió un artículo para el New Yorker estimando que poseía alrededor de seis mil volúmenes. Años después, un corresponsal en Berlín de la United Press International calculaba que la colección ascendía a 16.300. En una foto se lo ve leyendo en su escritorio del cuartel general del partido nazi. No sabemos qué está leyendo, pero poco importa. Sí sabemos hoy que la lectura de lo bueno y lo mejor no hace a la gente mejor y más buena.

Guillermo Piro, La biblioteca de Hitler

¿La lectura es la solución para los problemas sociales?

En Estado, educación y lectura Juan Domingo Argüelles reflexiona sobre algunos tópicos (o lugares comunes) acerca de la lectura. Dedica el segundo capítulo a debatir la idea de que la lectura es el remedio contra los males sociales. La reflexión de Arguelles es contundente: “los libros no suprimen nuestras desdichas y fatalidades ni borran, por arte de magia, sus causas.”

Más adelante, en el mismo texto, el autor afirma que “son las políticas sociales y económicas, como responsabilidad del Estado, las que deben aliviar y aun resolver las condiciones adversas, las desigualdades y la miseria, para que los libros, y la lectura en general, puedan hacer su parte en la restauración del alma del individuo y la reconstrucción del tejido social.”

En efecto, hay condiciones que la lectura no puede modificar por sí sola. Pero algo sí puede hacer, a nivel personal y de conciencia: 

Los muchachos, y sobre todo las muchachas, han sido las principales víctimas del desempleo y de la precariedad creciente del empleo. De manera más trágica, en todos los rincones del mundo hay jóvenes que mueren, son heridos, lastimados por la violencia, por las drogas, la miseria o la guerra. Y, desde luego, habría que decir de entrada que no hay tal cosa como “los jóvenes”, sino que se trata de muchachos y muchachas dotados de recursos materiales y culturales muy variados según la posición social de sus familias y el lugar en dónde viven, y expuestos de forma muy desigual a los riesgos que mencioné. 

(…) si bien la proporción de lectores asiduos ha disminuido, la juventud sigue siendo el periodo de la vida en el que hay una mayor actividad de lectura. Y más allá de los grandes sondeos estadísticos, si se escucha hablar a los jóvenes, se comprende que la lectura de libros tiene para ellos ciertos atractivos particulares que la distinguen de otras formas de esparcimiento. Se comprende que a través de la lectura, aunque sea esporádica, se encuentren mejor equipados para resistir cantidad de procesos de marginación. Se comprende que la lectura los ayude a construirse, a imaginar otros mundos posibles, a soñar, a encontrar un sentido, a encontrar movilidad en el tablero de la sociedad, a encontrar la distancia que da el sentido del humor, y a pensar, en estos tiempos en que escasea el pensamiento.

Estoy convencida de que la lectura, y en particular la lectura de libros, puede ayudar a los jóvenes a ser un poco más sujetos de su propia vida, y no solamente objetos de discursos represivos o paternalistas.

 

Michèle Petit, Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura